En verano el sol y las altas temperaturas están con nosotros. Y junto con ellos, las ganas de vernos bien, y lucir un hermoso bronceado. Comenzamos a vestir musculosas y polleras que dejan al descubierto el cuerpo que estuvo oculto durante el invierno. Sin embargo, a pesar del cambio climático, la piel no siempre está preparada para ello, y será necesario hidratarla para mejorar y cuidar su aspecto. En contra de lo que muchos piensan, los cuidados no sólo atañen a quienes poseen pieles más blancas, sino que todos pueden sufrir los efectos de una exposición prolongada a los rayos ultravioleta.
Los rayos solares debido a uno de sus componentes, los rayos ultravioleta son dañinos para la piel, dado que pueden causar desde cáncer cutáneo hasta envejecimiento y cataratas. El sol es fuente de rayos UBV y UVA. Aunque anteriormente se creía que sólo los rayos UBV eran dañinos, en la actualidad se aconseja cuidarse de ambos.
Los primeros rayos de sol
Los tres primeros días de exposición al sol son los verdaderamente importantes. En el primer día, generalmente se produce la mayor parte de las quemaduras, que muchas veces duran todo el verano. Por ello, se recomienda tomar sol en sesiones de cinco minutos, que se extenderán a diez minutos el segundo día. El tercer día la piel entra en crisis, porque es el momento en el cual la melanina estimulada durante los dos días anteriores consigue alcanzar la epidermis, pero aún no la protege. Si ese día no se toma el sol o se utiliza una protección total, se tendrá asegurado el éxito.
Un consejo para las mujeres de 20 años: a partir de los 25 años, incluso antes, si las piel es seca, si se desea evitar la aparición de arrugas prematuras, es necesario usar un producto específico para el rostro, dado que a esa edad la piel empieza a envejecer y reduce su capacidad de recuperación en las zonas más sensibles (labios, nariz, hombros) es conveniente usar siempre un protector de alto índice, el mismo que se ha utilizado los dos primeros días para todo el cuerpo. También se recomienda cubrir las cicatrices y las manchas de la piel con una protección especial. Los puntos con mayor pigmentación de la cara y el cuerpo se oscurecen y se agrandan aún más con el sol, y las cicatrices adquieren un antiestético tono pardo.
Reparar la piel
Después de tomar sol, es indispensable reparar la piel agredida por los rayos nocivos. En la mayoría de los casos se produce una verdadera irritación que enrojece la piel. Para que la piel viva sin deterioro y evitar que se ponga roja, pueden emplearse bálsamos, cremas, leches y geles post-solares, que contienen elementos calmantes, antiinflamatorios, hidratantes, suavizantes y regeneradores del epitelio y que, además de reparar e hidratar la piel, evitan o mitigan la sensación de dolor, tirantez, ardor y prurito. Asimismo, poseen un ligero efecto antibacteriano con el objeto de evitar infecciones por microbios, incluso un efecto protector y fijador del bronceado al evitar la descamación.
Recordatorio
Utilizar crema protectora de factor alto.
Tomar antioxidantes desde la primavera hasta el fin del verano.
Usar cremas humectantes, de día, que posean algún principio activo nutritivo.
Consultar al dermatólogo, si se tienen muchos lunares.
No exponerse a los rayos entre las 11 y 16 horas.
No usar perfumes al sol.
Una semana antes de comenzar a tomar el sol, conviene hacer una limpieza de cutis y una exfoliación del cuerpo, para liberar la piel de impurezas y lograr un bronceado más homogéneo.
Incorporar alimentos ricos en betacaroteno a la dieta diaria.
Luego de una jornada de playa, se recomienda una ducha de agua tibia o fría, y luego aplicar una crema hidratante o post solar, rica en sustancias calmantes y refrescantes.
Evitar el alcohol durante el verano, porque fragiliza al piel y la torna más opaca.